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  • Invéntate un título de una obra escrita por él: El misterio de Emily

 

Dados: música, niño durmiendo, torre

 

El misterio de Emily

Aplastó la colilla con la punta del pie sobre el asfalto sin dejar de mirar la torre, que se erguía frente a él con aspecto burlón, como retándolo a desentrañar el misterio que tenía entre manos.

Nunca decía que no a un buen misterio, siempre le había gustado resolver puzles, encontrar las piezas y descubrir cómo cada una encajaba en su lugar; hasta hizo de ello su medio de trabajo, convirtiéndose en el detective con más casos resueltos de toda la ciudad.

Siempre que le preguntaban cómo se las apañaba para tener tanto éxito en lo que hacía daba una respuesta neutra y políticamente correcta para salir del paso. La gente no quería saber la verdad: que era un hombre obsesivo al que le costaba dejar las cosas atrás y que estaba dispuesto a cualquier cosa por dar una explicación a lo que aparentemente no lo tenía. Las mismas cualidades que hacían de él el mejor en su trabajo también eran las que impedían que tuviese una vida social normal; poca gente era capaz de soportar demasiado tiempo la intensidad de sus obsesiones.

Y su obsesión ahora mismo era aquella maldita torre, alta y fría en medio de la ciudad.

Emily Dickinson, una niña de ocho años, había desaparecido de uno de los apartamentos más altos de aquel edificio en medio de la noche sin dejar rastro. Las puertas no estaban forzadas, acceder desde el exterior era misión imposible y nadie había visto nada extraño. Y, sin embargo, no parecía haber ninguna pista para resolver el misterio de su desaparición ni ningún indicio que indicase al detective un camino claro a seguir.

Los padres estaban felizmente casados, no había evidencias de disputas familiares que pudiesen haber llegado a un secuestro familiar, y los vecinos coincidían que los Dickinson eran una familia de lo más normal.

Por supuesto, nadie había escuchado nada fuera de lo normal y todos aseguraban que aquella había sido una noche de lo más normal, como cualquier otra. Y, sin embargo, una niña había desaparecido sin dejar rastro.

Pero había algo que había llamado la atención al detective, recurrentes menciones de los vecinos a una melodía que sonaba de vez en cuando en el edificio y que nadie sabía de dónde procedía. Nada parecía indicar que dicha melodía estuviese relacionada con la desaparición de la niña, pero algo le decía al detective que debía investigar la procedencia de la misma, una intensa sensación en la boca de su estómago que había aprendido a no ignorar con el paso de los años.

Disculpe. Aquí tiene lo que había pedido, detective.

Cogió los documentos que le tendía el agente y, mascullando unas distraídas palabras de agradecimiento, se volvió para extenderlos sobre el capó de su coche. Ante sus ojos se extendían los planos de la impasible torre y el detective los analizó con la atención obsesiva que lo caracterizaba hasta que dio con lo que buscaba: una pista, una camino a seguir.

En el plano parecía haber espacio suficiente para un conducto en el techo, un conducto que podría transportar el sonido de una misteriosa melodía de un punto del edificio al otro. ¿Un conducto que alguien pudiese utilizar para allanar un apartamento sin dejar rastro?

Las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa que rozaba la demencia, y se volvió para lanzar una mirada desafiante a la torre.

La primera pieza del puzle era suya, y era cuestión de tiempo que se hiciese con las demás.

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